FEFA, LLEGÓ EL PESCA´O … ¡ AH, Y LOS HUEVOS!
Recuerdo que cuando estudiaba en Moscú me llamaba mucho la atención que los rusos llevaran siempre en la mano una bolsa o jabita y otros unos portafolios que de folios tenían muy pocos y sí un bar ambulante con su vodka, unas latas de caviar y salchichón para una picada ligera mientras se daban su “buches” de la famosa bebida nacional rusa, aunque algunos tomaban algo que se llama “spir” un alcohol de muchos grados.
Pero el objetivo central de cargar con una bolsa es que iban comprado cosas que encontraban en distintos lugares o en el mercado negro, pues ocurría algo similar a lo que sucede en Cuba con el abastecimiento de productos de primera necesidad.
Ahora es raro, nos cuenta el periodista Iván García, que un cubano de a pie, dentro de su jaba, mochila o bolso, no lleve varias jabitas de nailon para echar alimentos o cualquier cosa de utilidad hogareña. Seguirle la pista al arribo de las papas, huevos o la media libra de pollo que mensualmente se oferta por la libreta de racionamiento, es casi un pasatiempo nacional.
En las colas del agro (mercado agrícola), carnicerías o bodegas, mientras se espera, se traman permutas de viviendas, se hacen amistades y hasta se liga a una solterona. Santiago, 78 años, jubilado, en lo que espera para adquirir su cuota de un picadillo condimentado con un olor repugnante, se entretiene contándole a un vecino, jugada por jugada, el último partido de béisbol trasmitido por la tele.
Los jubilados o las personas que no trabajan, que en Cuba son muchos, pero muchísimos, no tienen por qué preocuparse de los exóticos horarios de los agros o bodegas, y se enteran de primera mano cuando llega el pescado o el pollo.
Un grito desde un balcón alerta al vecindario qué hay de nuevo en la bodega o en la carnicería: “¡Fefa, llegaron los huevos!” Ese alarido moviliza a toda una cuadra y alerta a los que buscan el negocio entre los que no llegan a tiempo para alcanzar su ración mensual o quincenal…
Los que aún dicen que trabajan y en su familia no tienen a nadie que les siga la ruta a los mandados, sufren lo suyo. Dania, 34 años, maestra de primaria, luego de trasladarse en un atestado ómnibus urbano, regresa a su hogar ajada y sudorosa.
“Apenas llego, recojo al niño en casa de la señora que me lo cuida. Después me cambio de ropa y paso por la bodega o la carnicería a ver qué vino. Mi esposo suele regresar más tarde, así que la ronda de los mandados me toca a mí”, cuenta en la cola del agro para comprar papas, durante varios meses desaparecidas de la dieta del cubano debido al desabastecimiento estatal.
No pocos dolores de cabeza padecen trabajadores y empleados debido a los horarios de los comercios. Las tiendas por divisas deben abrir entre 9 de la mañana y 6 de la tarde. Deben. Por lo general, abren media hora más tarde y cierran media hora antes. Así que nadie sabe el horario porque es a criterio del administrador y de los pedidos clandestinos que tengan que solucionar fuera de la mirada curiosa de los que tienen divisas y van a buscar lo más barato que encuentren. Algunos se llevan hasta la comida en lata para los animales y hasta dicen que sabe muy bien y son muy baratas… ¡Por dios a lo que hemos llegado!
El horario de las bodegas estatales, al menos en La Habana, es de 8 de la mañana a 1 de la tarde. Abren de nuevo a las 4 y media hasta las 7 de la noche. Los primeros días del mes, cuando llegan los cinco o seis productos que actualmente se ofertan por la libreta (arroz, azúcar blanca y prieta, un sobre de café ligado con chícharos y 20 onzas de frijoles), las colas suelen ser más largas.
Y es que para esa fecha, la mayoría de las familias cubanas tienen las despensas vacías. Y ante la escasez de arroz y azúcar acuden de prisa a la bodega.
El horario del agro es de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Sus precios andan por las nubes. Pero la gente no tiene más opción, porque en ellos es donde único pueden conseguir viandas, frutas, ajo, cebolla o un trozo de carne de cerdo con más moscas que en el cementerio y también venden carnero de dudosa calidad.
Los que reciben dólares o euros de sus parientes en Estados Unidos o Europa, se pueden dar el lujo, siempre dentro del estrecho horario predeterminado por el Estado, de efectuar sus compras en tiendas más surtidas, como el antiguo Diplomercado, en Primera y 70, Miramar. También en el centro de la ciudad hay numerosas ‘shoppings’ en las cuales, entre otros productos, por 11 pesos convertibles o cuc (12 dólares) se consigue una bandeja con cuatro bistecs de res, finos como si fueran lascas de jamón.
Los precios son de apaga y vámonos. Ahora mismo, en el mercado Isla, justo frente al Parque Fraternidad, una anciana vuelve a contar un puñado de billetes antes de pasar por la caja, a ver si le alcanza para pagar un kilo de merluza, a 6.70 cuc; 5 potecitos de yogurt de frutas, a 0.70 centavos cada uno, y un kilo de queso Gouda a 9 cuc. Y una botella de aceite de oliva en 14 cuc. “Es una barbaridad, pero tengo a mi nieto enfermo”, dice la señora.
Cuando de comprar aceite o puré de tomate se trata, a la mayoría de los cubanos no le queda más remedio que adquirirlo en moneda dura. “Imagínate, por la libreta nos dan media libra de aceite por persona. Y ya ni en los agro se puede conseguir puré de tomate”, apunta Octavio, quien habitualmente hace las compras de su casa.
En Cuba, se ha vuelto normal ver a un vecino preguntarle a otro: “¿Tú sabes qué vino a la carnicería?” O pasar por la bodega e indagar si ya llegó el café o la sal.
Los habaneros tienen una manera para saber cuándo van a distribuir la media libra de pollo o el picadillo condimentado de olor repugnante. Lo hacen a través de Tribuna de La Habana, escuálido periódico con cuatro páginas de papel de bagazo y escasas noticias. Solamente circula los domingos, pero ofrece la información sobre las ventas de alimentos racionados en los 15 municipios de la capital.
Comer en Cuba, además de llevarse de golpe el 90% de los ingresos familiares, ha generado una costumbre: la de tener que estar todo el tiempo indagando sobre la llegada de los alimentos a bodegas y agromercados, además de correr un riesgo de comer alimentos en mal estado, sin revisión sanitaria y muchas veces contaminados con bacterias que producen epidemias y colapsa los hospitales de parásitos y de las famosas “yiardias”, que normalmente son parásitos propios de los perros.
Si no tenemos una jabita a mano o un cartucho de papel para cargar nos podemos quedar como la novia de Pacheco… Eso lo heredamos de los comunistas rusos y al parecer se contagia porque en Venezuela, Bolivia y Nicaragua el pueblo ha comenzado a guardar las famosas bolsitas de nylon para lo que encuentren en el mercado negro.
Si algún día volvemos a ser un país normal, se podrá hacer un monumento a la jabita y tal vez a las moscas que rodeaban la carne del cerdo de Fidel Castro y el cordero de Raúl. Será el monumento más famoso de todo el Caribe… “El Memorial Castro y su colección de instrumentos de tortura del holocausto cubano”.
Fuentes: Google noticias, El Lagarto Verde, Iván García, caricatura cortesía Alfredo Pong y Google imágenes.











































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