A las seis de la mañana llegaron los primeros trabajadores que darían los toques finales a la preparación de la casa, los que pondrían los arreglos florares, terminarían el bar, colocarían las luces y cuántas cosas se le ocurrieron a mi madre para esta “grandiosa celebración del los quince años de su hijita”.
Yo daba vueltas y más vueltas en la cama. A las siete de la mañana ya no pude más y me levante. Cucuya fue la primera persona que vi. al salir de mi habitación. Tenía la cabeza llena de rolos y se notaba que estaba más apurada que de costumbre, porque en un santiamén me puso el desayuno en la mesa y me pasó la mano por la cabeza diciéndome que este era un gran día.
Yo pensaba que sí. Iba a ser un gran día o por lo menos muy agitado para ellas, incluyendo a mamá y a mi tía Alexina que se había incorporado al grupo de las organizadoras.
A las 10 de la mañana mi padre asomó la cabeza y con la misma dio media vuelta y se perdió con un pretexto. Yo no podía inventar porque mamá me había chantajeado diciéndome que si no ayudaba me podía despedir del viaje de las vacaciones. Así que disimulé que trabajaba caminando de un lugar a otro como un tonto. Mis primos más pequeños corrían por todos los lados y molestaban a los floristas, Francisquito miraba con los ojos abiertos el cake de los quince y los cientos de bocadillos, croqueticas, canapés y cuantas chucherías riquísimas que estaban en la mesa de la cocina.
Yo miraba el reloj y no caminaba nada. Mamá me dio la orden de ir a la tintorería para buscar el traje de papá y el mío y fue la primera vez que cumplí una orden con un placer tremendo. ¡Iba a salir del barullo aquel y respirar aire puro! Mis primos quisieron unirse, pero me negué rotundamente y los dejé con un ataque de llanto….pobrecitos ellos también querían huir de ese berenjenal que era mi casa.
En el taller estaban las damas probándose los vestidos y dándole los últimos toques. En el baño del cuarto de mamá, las peluqueras lavaban cabezas, montaban los rolos…todas llevaban rolos. Era muy simpático porque parecían que nunca iban a tomar forma por la cantidad de tuberías que tenían en la cabeza. Cucuya les llevó un pequeño “picoteo” para que resistieran con la barriga semillena, pero las muy….refinada chicas no querían comer porque estaban muy nerviosas y Francisquito se estaba dando una panzada que Cucuya al verlo, lo sacó casi por los pocos pelos que tenía.
Cuando regresé de la tintorería ya el salón estaba terminado. Se veía hermoso y muy florido. Dos inmensos jarrones llenos de rosas de color rosado con cintas y helechos muy finos escoltaban la mesa donde estaba el cake y la mesa estaba llena de flores rosadas como cenefas en los bordes. En las paredes colgaban apliques con velas y flores. Ya estaban colocadas las mesas redondas con adornos parecidos y velas en el centro. En el techo colocaron luces negras que daban un toque mágico a los colores blanco de los manteles y los guantes de los camareros.
A las 6 de la tarde toda la casa estaba lista. Cucuya pasaba inspección a los trabajos y pagaba a los que aún no habían recibido su paga. Mamá y ella se sentaron a descansar y a repasar los detalles. Yo las miraba y me daba cierta satisfacción ver cómo se habían hecho grandes amigas. Mi tía se incorporó al grupo y traía unas copas con un poco de viña 25, que según ella daba “ímpetu” para terminar lo que faltaba. Mientras las peluqueras terminaban sus trabajos e iban llamando a las jovencitas, primero y luego a mamá, a mi tía y a Cucuya.
Fernanda estaba encerrada en su habitación. Le llenaron la cara de un potingue apestoso que le preparó Cucuya para embellecer el cutis. Su vestido colgaba en un perchero en la puerta del closet y los abalorios y zapatos tenían un puesto muy organizado. Ella de por sí era muy organizada, pero hoy estaba además pesada.
-¿A qué hora comienza esto?- se me ocurrió preguntar y las mujeres me cayeron en pandilla y respondieron a coro: -¡A las nueve!
-Está bien; pero no me coman que se van a empalagar con este caramelo. Todas se rieron a carcajada y me miraron con cara de “qué se piensa este gusarapo”
-Me voy a bañar y me acuesto un rato. Tengo un hambre tremenda. Las mujeres de esta casa me matan de hambre.
-Toma este emparedado- dijo Cucuya- Yo estaba esperando que dijeras algo y te lo preparé.
La abracé y le canté…esa negra linda, que me echó bilongo… Ella se reía, mientras me empujaba para que fuera para mi cuarto.
Me duché, me afeité y me tiré en la cama a reposar el emparedado. A las ocho tocaron a mi puerta y cuando abrí era mi padre que me decía que faltaba muy poco y que debía estar ya vestido. ¡Apúrate, o tendré que matar a por lo menos cuatro mujeres!
Corrí y me vestí de un tiro. Salí pavoneándome de mi cuarto y me uní a los jóvenes que ya estaban listos en el salón.
Los invitados comenzaban a llegar y dos señoras muy elegantes recogían los regalos y las estolas, carteras y cuántas cosas deseaban guardar aquellas señoras y sus hijas. Papá se daba vueltas por el salón y saludaba a sus amigos. Todos lucían trajes de gala de la marina, incluso mi padre. Las luces lo hacían mucho más blancos y relucientes.
Los camareros comenzaron a servir algunas copas con ponche y cada invitado buscaba su lugar según unas tarjetas que estaban encima de las mesas.
A las nueve y media los jóvenes entraron al hall y se unieron a su pareja femenina. Estaban hermosas. Al final, Fernanda y papá. Yo esperaba en el salón para recibirla, según los ensayos.
Los acordes del Vals sobre las olas de Strauss fue la señal para que las parejas ocuparan sus puestos, papá estaba rojo como un tomate y Fernanda radiante como una flor. Los bailadores formaron un círculo alrededor de papá y Fernanda hasta que él me invitara a seguir bailando con ella.
Yo me reía por dentro porque papá era muy penoso y me imagino que se sentía muy presionado por mamá para salir él a iniciar el baile.
Bailamos y Fernanda me decía a cada rato que los zapatos le molestaban mucho y que cuándo se iba a terminar la tortura. Concluido el vals, comenzó el danzón, las muchachas se quitaron una especie de estola y tomaron unos abanicos en sus manos y bajo la atenta mirada de Cucuya bailamos su danzón preferido.
Para la parte final estaba preparado un cha cha chá y las muchachas se anudaron en la cintura una cinta tipo pañuelo y pa´lante el cha cha chá. Cuando todo terminó la gente aplaudió mucho y Fernanda salió rápido porque debía cambiarse de vestido….unas 14 veces más. No era un récord, pero si un buen average como diría mi difunto abuelo.
Menos mal que los cambios no afectaban a los invitados y muy pronto comenzaron a salir las bandejas cargadas de los más ricos bocadillos, canapés, pastelitos, ensaladas. El bar servía con sus camareros las bebidas que pedían y también te hacían cocteles como Cubalibre, daiquirí, mojitos y otras mezclas no muy cubanas.
Francisquito comió y tomó refrescos todo lo que pudo hasta caer rendido. Cucuya estaba atenta a que no faltara nada y mamá atendía a las visitas dedicándole unos minutos a cada una.
Los jóvenes muy pronto se dedicaron a bailar y no pararon en todo la noche. Eran como un auto. Bailaban, salían a las mesas a reponer combustible y seguían en la marchita. Cucuya era la única negra en la fiesta y eso llamó la atención de varios oficiales y de sus esposas. Algunas quisieron tratar el tema con mamá y ella muy cortésmente, les dijo que para la familia Cucuya era una más y que era una excelente madre y a pesar de ser humilde tenía muchas cualidades que otras personas con dinero.
Cucuya no se enteró de esta defensa hecha por mamá. Pero ella todo lo sabía y sus ojos estaban tan felices que no hacía falta decirle nada.
Varias veces me preguntó que si había comido algo y que no fuera a tomar nada con alcohol que eso no era sano.
La fiesta era un éxito, todos se sentían como en su casa y eran atendidos con una excelente profesionalidad de los camareros. Fernanda al fin apareció con su último vestido y noté que un jovencito más alto que yo bailaba mucho con ella y ella se reía mucho con él. En una de esa la saqué a bailar y le dije que quién era ese…
-¿Quién?- se hizo la tonta
-Ese con el que has bailado toda la noche
-¡Ahhhh! Es el hermano de una amiga mía. Pero nada más.
-Fernanda, no me engañes que soy tu hermano. ¿Estás metida con él?
-No, siempre estás pensando en eso. Es un amigo y… no sé si en un futuro.
-Tú ándate clara, que si veo al tipo en algo raro contigo lo llamo a contar
-No te meta en mis cosas.
Cucuya que estaba cerca se acercó a nosotros y nos llamó hacia la cocina.
-Los he visto peleando y hoy no es día para eso. Si la muchachita está enamorá, tú no puedes meterte en eso. Está bien que la cuides como hermano, pero no armes lío que todo está muy lindo y la gente está feliz. Ya Fernanda creció y es hora de tener su enamoradito.
Fernanda no dijo nada. Yo quise hablar y Cucuya me hizo una seña.
Eran casi la una de la madrugada y en la fiesta predominaba la gente joven. Muchas personas mayores formaron grupos para conversar y mirar de paso lo que hacían sus hijos en la improvisada pista de baile.
De pronto se escucharon unos disparos en la calle, algunos ni se dieron cuenta. Cucuya vino rápido a nosotros y nos prohibió salir. Las luces fallaron un poco y el pánico se apoderó de los invitados. Las ráfagas de una o varias ametralladoras se escuchaban cerca y las patrullan pasaban a toda carrera con la sirenas. A papá lo vinieron a buscar y junto con él se fueron varios oficiales.
Había mucha angustia en la casa y la música alguien la había quitado y los muchachos estaban apiñados conversando que algo pasaba en la zona. Un carro de la policía se paró en la entrada del jardín y los agentes entraron a hasta la casa. Con una actitud poro cortés dijeron que llamaran a los dueños y mamá fue a dar la cara. Yo salí junto con ella. Nos dijeron que unos elementos revolucionarios estaban metidos en una casa de la zona y que eran muy peligrosos. Que no entrara ni saliera nadie y que no hicieran más ruido con la música.
La fiesta se había terminado a pesar de no ser nuestra voluntad. Las calles se llenaban de policía y la gente no podía irse para sus casas. Estábamos sitiados y Fernanda lloraba a llanto partío. Su fiesta terminó como la del Guatao y la cara de susto predominó en lo que restó de noche.
Cucuya se había refugiado con Francisquito y rezaba a su Yemayá. Tenía mucho miedo. Todos teníamos mucho miedo.
Capítulo 31 del libro “La Abuela Cusa” de Guillermo Bernal










































