
Cucuya llegó a la casa con la cara muy triste. Francisquito reía y se tiraba a los brazos de Fernanda como hacía todos los días para que ella le hiciera cosquillas y entonces soltaba una carcajada de placer que contagiaba a todos. Esta vez Cucuya lo miró y no se rió. Sus ojos no dejaban de escrutar todo lo que estaba a su alrededor. Cientos de cajas se iban amontonando con anotaciones de “frágil” y el nombre de papá escrito en una especie de etiquetas grandes.
En una esquina se agrupaban las cosas que queríamos dejarle a Cucuya para que ella las vendiera o hiciera lo que mejor para ella. El ambiente parecía luctuoso. Una casa hermosa estaba dentro de aquellas cajas y las paredes comenzaban a parecer más amplias al no tener apliques ni cuadros ni cortinas. Cucuya no podía contener las lágrimas y trataba de disimularlo con un pañuelo, que de exprimirlo, seguro estaba empapado en sus lagrimones. Estaba lenta y no hablaba mucho, sólo lo necesario…
Un rato antes la había visto en su dormitorio tocando el suelo y besándose las yemas de los dedos. Recordé que eso se hacía siempre según las reglas de su religión al mencionar el nombre de su madre: Yemayá. Me la había contado hace mucho tiempo la abuela Cusa y la misma Cucuya.
En esa ocasión me enteré que en la simbología de Yemayá se encuentran: el sol, la luna llena, el ancla, el salvavidas, un bote, dos remos, una llave, una estrella, y siete manillas de plata. Los collares que llevan sus devotos los componen siete cuencas de cristal y siete azules.
Cucuya siempre me había dicho que Yemayá es la deidad superior del templo yoruba. Fue la primera en nacer cuando Olofi decidió crear el mundo, luego de sofocar con agua el fuego que imperaba. De ella nació todo lo que se conoce. Es tan añeja como quien fue su pareja: Obbatalá, quienes dieron vida a los demás orishas.
Yemayá, me decía la Abuela Cusa, es la Reina del amor por excelencia, enseñó a todos los demás lo que es el amor. Su bondad y nobleza la distinguen ante la humanidad; pero cuando se enfada es irrefrenable e implacable con quién la indignó, aunque sus castigos siempre llevan el peso de la justicia. Su palabra es tan sagrada como la del propio Obbatalá. Ella es quién domina la creatividad y a la madre naturaleza. Es por eso que es a Yemayá a quien se le ruega cuando se tiene problemas con el embarazo. Como madre, tiene la gloria de ser comprensiva con sus hijos. Se le toma como invocadora de la femineidad. Posee las características propias de la Luna. Dicen que es orgullosa y arrogante.
En su leyenda figura que es quien reina en el mar con su misericordia y milagros. Por lo tanto se le considera patrona de los marinos. Se le sincretiza con la Virgen de Regla. Una hermosa virgen negra patrona de Regla, un barrio de La Habana a la orilla de su bahía. Cucuya me contaba que ella protege a la mujer y sobre todo los órganos del cuerpo entre esos: el útero, el hígado, el pecho y las nalgas. Las hierbas relacionadas a ella son: el bejuco ubí, laisimón, culantro, malanga, majagua y sábila.
Y pensar que hace como ocho años o más que la Abuela Cusa y luego Cucuya me enseñaron a conocer a Yemayá. Fue una bendición de esa orisha tenerla a nuestro lado todo este tiempo y quererla como si fuera nuestra hermana mayor.
Yo no me atrevo a acercarme a ella y preguntarle si le dejo mi colección de avioncitos a Francisquito, aunque se lo dejaré a él junto con los muchos libros de cuentos e historietas, gorras de béisbol y otras cosas que he ido coleccionando desde que era pequeño. Cada pregunta desata un mar de lágrimas que hemos optado por echarlo dentro de alguna de las cajas y ponerlas en el rincón de sus cosas.
Fernanda no cabe en su tristeza. Aúpa a Francisquito con su acuarela y le cuenta historias de hadas que van y vienen y el niño sólo la mira con cara de asombro porque no entiende de lo que le habla.
Estamos todos como perdidos. Nos vamos del país a comenzar una nueva vida en un sitio donde estemos, según mis padres, más seguros. Ellos saben lo que se avecina y prefieren tomar las precauciones antes de que pase.
La voz de Cucuya nos saca de los problemas: – Vamos, a comer, que se enfrían las hayacas
-¿Hayacas?- dijo Fernanda
- Sí, hayacas que están riquísimas – dijo Cucuya.
- Pero mujer, te hubiéramos ayudado, eso da mucho trabajo para hacerlo sola. – Expresó mamá
-No, Laura. Yo traje ya el maíz molido y sólo hice el relleno con carne de cerdo y lo demás es envolverlas en sus hojas y cocinarlas en agua hirviendo con sal y laurel.
-¡Guárdale unas a Pascual! Ya sabes que él se vuelve loco por las hayacas que tú haces. Él debe llegar en un rato. –Aseguró mamá.
-¿Por qué se vuelve loco Pascual? – entró papá.
-Hablando de Roma y asomando la corona- dijo Cucuya- Perdón, señor Pascual, es un refrán que me gusta.
-Nada, Pascual, Cucuya hizo hayacas con carne de cerdo y yo sé que te gusta mucho.
-¿Y qué esperamos para comerlas? Vamos, todos a la mesa. –Ordenó como si estuviera en el barco. – Tú también Cucuya. Hoy comeremos en familia.
Nos sentamos a la mesa. Cucuya trajo una fuente enorme con hayacas que olían a gloria y además puso una fuente con frijoles negros, otras de arroz blanco y filetes de cerdo y ensalada de lechuga y tomate. Todo un banquete.
Mamá miró todo eso y volvió a decirle a Cucuya: ¿Cuándo hiciste todo eso?
-Mientras ustedes trabajaban.- respondió Cucuya con autosuficiencia y agregó – Cuando estén en el otro lugar van a querer venir a comer y yo los esperaré con hayacas y frijolitos negros. La voz se le quebró y aguantó para no llorar.
Cominos como pequeños salvajes, todo estaba delicioso y papá dio buena cuenta de las hayacas y la carne de cerdo. Cuando terminamos papá nos dijo que tenía que decirnos algo.
-Los pasajes para Miami ya están comprados. Se van el sábado a las 8:45 de la noche y Allá los esperará Renée y Teófilo que ya les alquiló una casa y está lista para habitar. Los bultos salen el lunes y yo iré con ellos. Hoy vendrán a buscar los más grandes y lo que ya esté cerrado y sellado.
Todos escuchamos sin mover un músculo. Nada de alegría ni preguntas ni observaciones. Cucuya se puso en pie y comenzó a retirar la loza. Yo hice lo mismo para ayudarla y Fernanda me siguió. Papá y mamá quedaron solos en la mesa.
-¿Pascual tú estás seguro que hacemos lo correcto?
-Laura, a Batista le quedan meses, tal vez semanas. Las tropas rebeldes están ganando terreno y debemos salir antes de que entren a la capital. No quiero que haya problemas con alguno de nosotros. En otras ciudades han matado a los miembros del ejército y hasta le han destrozado las casas. Son unos salvajes.
-Si tú lo dices, nos iremos y que sea lo que dios quiera. Yo sacaré el dinero del banco y lo paso a la cuenta de Renée en La Florida.
-Los muchachos no deben tener más información. No quiero que se lo digan a Cucuya para que no se asuste. La casa la va a comprar un general que vino a la fiesta de Fernanda y le gustó. Está de acuerdo con el precio fijado y mañana firmamos el contrato de compra-venta.
-¡Ay, dios! ¡Cuánto me pesa que Cucuya no quiera ir con nosotros!
- Ella lo decidió, Laura. Vamos a dejarle lo que podamos y sus cosas se la llevamos a la casa donde vivía Renée o a donde ella diga. Encárgate de preguntarle qué quiere hacer.
En la cocina, Cucuya lavaba los platos y nosotros secábamos los cubiertos y ordenábamos los vasos. Era una rutina que conocíamos porque nos gustaba mucho ayudarla en los quehaceres. No hubo comentarios. Aunque ella cantaba muy bajito como era su costumbre… “Ausencia quiere decir olvido, decir tinieblas, decir jamás, las aves suelen volver al nido; pero las almas que se han querido, cuando se alejan no vuelven más…” Creo que cantaba inconscientemente este tema que disfrutaba en la voz de Barbarito Diez.
Faltaban dos días y unas horas para irnos. Tratamos de ayudar a Cucuya a llevar todo lo que separamos para ella tanto para su casa como para la casa de Renée que ahora era de ella. Poco a poco la casa quedó vacía, Vino el general que la iba a comprar y pidió que no la limpiaran porque él iba a mandar a cambiar el color de las paredes.
El sábado por la mañana salimos a comer todos, incluso Cucuya a un restaurante donde no excluyeran a los negros. Brindamos por el regreso, por el encuentro, por la felicidad de Cucuya y Francisquito y regresamos a casa para cambiarnos de ropa y cerrar definitivamente las maletas y el equipaje de mano.
-Cucuya estaba sentada en un banco del jardín. Miraba todo como despidiéndose. Cuando llegó el auto que nos llevaría al aeropuerto Cucuya no pudo más y se echó a llorar mientras se mordía los labios. Nos abrazó a uno por uno y cuando llegué yo me abrazó con mucha fuerza y puso en sus manos la figura de Yemayá que ella tenía en su pequeño altar de su cuarto.
-Guárdala, cuídala mucho, yo voy con ella para protegerte. Muchas gracias por haberme querido tanto y por favor no te olvides de mí. Se arrodilló. Tocó el suelo y se besó las yemas de sus dedos.
Le pedí que se pusiera de pie que ella había significado mucho para mí y que le prometía regresar pronto a verlos.
Fernanda lloraba sin consuelo, la abrazó y le pidió que le escribiera y le contara de Francisquito y que le hablara de ella al niño para que no la olvidara. Mamá la abrazó y le dijo: – ¡Dios te bendiga, mi amiga Cucuya!
Ella sólo miraba como queriendo grabar en sus ojos a cada uno de nosotros. Francisquito no entendía lo que pasaba y solo nos dio un beso y un quiero a cada uno. Subimos al auto y ella se quedó en la puerta de la casa a petición de mi padre para que esperara por el camión que llevaría los últimos bultos. Levantó una mano, mientras con la otra se tocaba el corazón. Nos dijimos adiós. Ella y yo nos miramos, tal vez por última vez y nos unimos como el primer día.

Capítulo 33 del libro “La Abuela Cusa” de Guillermo Bernal
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25 julio, 2011
Categorías: CULTURA . . Autor: El Lagarto Verde . Comentarios: Dejar un comentario