
Al aeropuerto fuimos todos. Tía Renée y Teófilo tenían una tristeza difícil de explicar. Teófilo, ese hombre rudo y grandote no paraba de llorar y repetir que gracias a su cuñado estaba vivo y que él sólo quiso vender sus productos y juraba por su madre muerta que no sabía que esos tipos eran revolucionarios. Papá le explicaba que ya no tenía importancia y que en Miami podía rehacer sus negocios. Teófilo le había dejado a papá documentos de autorización para la venta de sus almacenes y también del apartamento donde vivían.
Por su parte tía le había pedido a mamá que Cucuya viviera en el apartamento y que no lo vendieran, porque seguro que ellos regresarían pronto.
Las despedidas no son nada agradables y el anuncio del vuelo desató en nosotros un río de lágrimas. Los tíos nos abrazaron muy fuerte y decían adiós con las manos hasta entrar al avión. Fue la última vez que los vimos. Los acontecimientos posteriores evitaron su proyectado regreso.
Mamá estaba muy afectada, llegó a la casa y se tiró en la cama a llorar desconsoladamente. Todo había ocurrido muy rápido y la familia comenzaba a romperse.
Cucuya también estaba triste, aunque no entendía bien el alcance de la salida de nuestros tíos y la decisión de que ella fuera a vivir a su apartamento. Hizo una tila fuerte y se la llevó a mamá.
-Laura, debe calmarse, en unos meses la tendrá de vuelta y parecerá que estaban de vacaciones. Tómese la tila y descanse un poco. Yo me encargo de la casa y usted duerma un poco. Yo le aviso cuando esté lista la comida para almorzar.
-Gracias Cucuya, pero el país está muy revuelto, hay muchos problemas en las calles y dicen que los rebeldes atacarán La Habana. Cuando menos te lo piense vamos a tener que seguir el camino de Renée y su marido.
-No diga eso, Laura. Esos alborotadores no pueden llegar al gobierno.
-Tú, por el momento, te mudas para la casa de Renée y así Francisquito tendrá su propia habitación. Tu casa se la dejas a un pariente para que te la cuide. Ella quiso que tú vivieras ahí y esa es tu vivienda desde hoy, Las llaves te las puse en la mesita donde está el jarrón con girasoles.
Cucuya la miró y no podía hablar. La tocó ligeramente en los hombros y salió del cuarto. Fernanda esperaba afuera para decirle que ella la acompañaría y que estaba muy contenta porque al fin Cucuya viviría mucho mejor en el apartamento de tía Renée.
Cucuya sólo miraba, no hablaba. Estaba como en un sueño.
-Gracias, Fernanda. Cuando terminemos de almorzar y dejar organizada la cocina vamos a la casa de tu tía y me enseñas qué debo hacer. Yo nunca he tenido nada de esa calidad y mucho menos vivir en ese barrio.
-Vamos, mujer, que no es para tanto, los tía lo ha querido así y no hay más que hablar. Papá no va a poner en venta el apartamento. Lo pondrá a tu nombre y así tendrás más seguridad para vivir.
La cogió por las manos y le dio vueltas. Cucuya comenzó a reírse hasta que apareció Francisquito y quiso incorporarse al improvisado tío vivo de Fernanda y Cucuya. Ella lo cargó en sus brazos y se lo comió a besos. Fernanda, haciéndose la enojada dijo:
-¿Y para mí no hay cariñitos?
Francisquito que adoraba a Fernanda se le tiró literalmente a sus brazos y la abrazo dándole muchos besitos mientras le decía: – “Yo tambén te quielo mucho, Tata”.
-Se dice también y quiero. Ay, qué mala maestra soy que mi pupilo no aprende a hablar correctamente –dijo mi hermana- Cucuya soltó su habitual carcajada y dejó ver todos los dientes. Fernanda se unió a la risotada y Francisquito daba brincos con las manos agarradas a su madre y a Fernanda. Una escena verdaderamente feliz.
- Voy a la cocina para hacer carne mechada con nueces y ciruelas, arrocito blanco, mariquitas y una ensalada de aguacates con tomate. -Cucuya salió rumbo a la cocina como la pavita pechugona, parecía que recuperaba esa chispa que había perdido con la muerte de Jacinto.
Fernanda le propuso a Francisquito jugar con la manguera en el patio. A él le encantaba tirarse agua. Mi hermana le dijo que se cambiara y se pusiera la trusa. Yo también me cambiaré y llevaré las toallas.
Cucuya miraba la escena del baño con manguera desde la ventana de la cocina y se reía cada vez su hijo le tiraba agua a Fernanda. Ella se cubría para no resbalar, pero el niño aprovechaba y la empapaba con la manguera. Era tal el escándalo que tenían en el patio que yo salí y me incorporé al juego de la manguera, como el niño le llamaba y los tres nos lanzábamos chorros de agua. Volvíamos a la infancia y con qué gusto lo hacíamos.
La cabeza de Cucuya colgando de la ventana nos alertó que era la hora de almorzar.
-Señoritos, -dijo Cucuya- a cambiarse de ropa que vamos a comer. No lo voy a repetir, ¿me oyeron?
Fuimos a secarnos. Fernanda secó a Francisquito y le puso un pantalón corto y una camiseta sin mangas. Su madre no le permitía comer “descamisado” como ella decía. Cucuya despertó a mamá y le preguntó que si estaba mejor. Mamá dijo que sí con la cabeza y entró al baño de su cuarto.
Cucuya había preparado una mesa como en los días de fiesta. No estamos de luto, los tíos van a estar bien y nosotros también. No se puede llorar por los vivos. A veces tenemos que aceptar lo que está escrito para cada uno de nosotros. Allá en los Estados Unidos, Renée y su marido estarán bien, mi Yemayá me lo ha dicho. ¡Y esa sí que no miente!
Todos escuchamos en silencio y hasta mamá la miró agradecida por esas humildes palabras de aliento de una mujer que poco a poco entró en nuestras vidas y se había vuelto indispensable por esa sabiduría popular para manejar asuntos delicados en la familia.
La comida estaba deliciosa. Francisquito cogió unas mariquitas de un puñado y Cucuya le dijo que esas no eran formas de comer. La boca no se llena. Después dicen que eres un negrito tragón… La expresión nos hizo reír y ella, que no se había dado cuenta de lo que había dicho, también se rió, mientras el niño la miraba con cara de puchero.
-¿Quién quiere postre? Les anuncio que es un dulce especial. El que no lo coma pierde esa oportunidad… -Cucuya vendía el postre, porque a todos nos encantaban sus dulces.
-Yo quiero.- Dije levantando la mano
-Y yo. – me siguió Fernanda
-Yo también.- Agregó Francisquito
-Comerás postre, cuando ese plato esté limpio- le dijo Cucuya
-Pues, yo también me uno. –Dijo mamá- Vamos a ver cuál es la sorpresa.
-Ya verán, ya verán- repetía Cucuya- Abrió el frigidaire y sacó una cazuela de barro con la sorpresa: Fruta bomba en almíbar
-Fruta bomba, ¡qué rico!- exclamé
-Lo mejor viene ahora. -Sacó un paño como de gasa con queso blanco casero.
-¡Queso blanco! Ay, mi madre, yo que estoy a dieta.- dijo mi hermana.
-No te preocupes, yo me como tu parte –le dije.
-Tú puedes creer que no, cada uno se come lo suyo. ¿No es verdad, Cucuya?
-Bueno, hay para todos y hasta para repetir. –sirvió el postre con un buen trozo de queso blanco e hicimos un silenció donde el concierto lo daban las cucharitas.
-Delicioso, -le dijo mamá-. Tienes un punto para el almíbar que yo no he aprendido
-Laura, ¿el señor Pascual vendrá a almorzar?
-No lo sé Cucuya, parecía tener mucho trabajo porque nos trajo del aeropuerto y salió urgente para el barco.
- Bueno, le guardaré carne y postre. Por si viene y le hago un poco de arroz en un momento.
Limpió la cocina con la ayuda de Fernanda y le dijeron a mamá que iban a la casa de tía Renée.
Fernanda, Francisquito y Cucuya caminaron hasta la casa de la tía. Al llegar subieron al primer piso y fueron directo al apartamento que ocupaban los tíos. Fernanda abrió la puerta y le dijo a Cucuya: -¡Bienvenida a tu nueva casa!
Los tres entraron y Cucuya miraba todo con mucha atención. Adornos, muebles de madera de muy buena calidad forrados con damasco en combinación con las cortinas. Cuadros hermosos. En fin la casa estaba muy bien cuidada y a pesar de ser más pequeña que la nuestra, cada cosa estaba en su sitio perfecto.
Los dormitorios muy completos y los closet ordenados por tipo de ropa y su uso…toallas, manteles, sábanas. En fin, una hermosa casa que disfrutaría Cucuya y sus descendientes para toda la vida, aunque ella pensaba que sólo serían unos meses.
Cucuya no sabía qué hacer, iba y venía. Entró y salió de la cocina muchas veces. Ella y Fernanda escogieron la habitación para Francisquito. Lo mejor que tenía la casa era que estaba a solo unas calles de la nuestra y que Cucuya podía rehacer su vida con más comodidades.
Cucuya no se atrevía a mudarse, aunque no le hacía falta nada, la casa de tía tenía todo lo que ella necesitara y el balcón estaba lleno de masetas con plantas y flores que también eran del agrado de Cucuya. Al fin la convencimos y poco a poco llevó lo que quiso, sus santos, la ropa y otros objetos personales. Una prima de ella vino a vivir a su casa con sus dos hijos pequeños y ella con Francisquito en pleno Vedado.
Al principio hubo problemas porque los vecinos no la aceptaban. “Una negra en ese edificio”. Mamá fue con ella y habló con el portero y le dijo que esa casa se la había dejado su hermana que vivía ahora en Miami y que todas las escrituras estaban en regla. Le aclaró quién era mi padre y le preguntó si quería tener problemas con él que lo llamara. Pero que la próxima vez que ella se enterara que no dejaban que su amiga subiera por el elevador iba a denunciarlos.
El portero le juró que no sucedería más y que él se encargaría de decirles a los vecinos quién era esa señora.
-¡Ah!, no se llama negra, se llama Cucuya. Trate que no se le olvide.
Mamá salió del edificio con Cucuya de la mano para que todos la vieran y Cucuya no salía de su asombro. Nunca había visto así a mi madre.
Fernanda se las encontró por el camino y mamá le explicó lo que había pasado.
-Es que son unos racistas –dijo- Con buena se han metido. ¿Mamá, tú sigues pensando que es buena idea celebrar mis quince años?
-Claro, una señorita debe ser presentada en sociedad… ¿Verdad, Cucuya?
-Tu madre tiene razón. Una señorita debe lucir hermosa en su cumpleaños y bailar con el chico más simpático de la fiesta. ¿No tienes amigos “simpáticos”, Fernanda?
Fernanda se puso roja.
- Te acuerda cuando eras chica que me decía eso mismo y después cuando yo me quedaba como tú ahora, me decías: “Cucuya tiene novio”. Esa carita roja me dice que hay alguien enamora´o por ahí.
-¿Qué dices?- replicó Fernanda- Bueno tal vez haya un joven que me llama la atención. Pero nada más.
-Pues a ese lo invitas a que baile el vals contigo y a lo mejor tenemos boda en el futuro.
-¿Tú oyes lo que dice Cucuya, mamá?
- Así conocí yo a tu padre
-Esto es el colmo las dos se ponen de acuerdo para buscarme novio. Acepto la fiesta y hasta bailar con José Enrique, pero de novio nada.
-¿José Enrique? ¿Quién es? ¿Qué hace? ¿Está en el instituto? Cuenta, cuenta. No nos deje intrigadas- dijo Cucuya
-Es el hermano de mi mejor amiga del instituto, ahora estudia en primer año de medicina y es muy simpático… y ya no les cuento más porque son muy chismosas.
Mamá y Cucuya se miraron y se echaron a reír: -¿Chismosas nosotras?
-Mira Fernanda haremos la fiesta como tú quieras, pero hay dos cosas que no son negociables –hablaba mamá- Que cumplas con la tradición de los vestidos y que hayan quince parejas bailando el vals.
-Eso es todo lo que lleva una fiesta de quince, mamá.
-Pues entonces, no es negociable que sea distinta. Tu padre te sacará a bailar y después te entrega a… ¿Cómo es que se llama?
-José Enrique
-¡Ah!, sí, José Enrique y las parejas bailan. No sé bien cuándo salen, pero mi amiga Gertrudis tiene un amigo coreógrafo que sabe montar todo el espectáculo. -Fernanda puso cara de pocos amigos.- Mañana me encargo de buscar los vestidos. ¿Cucuya tú me ayudarás a hacerlos?
-Claro, qué no haría por mi niña.
-Con ustedes no se puede. Les recuerdo que faltan dos meses y medio y hay que hacer muchas cosas.
-Cuando lleguemos a casa llamamos a este señor que organiza las fiestas y que él nos diga cómo hacerlo.
-Cabezonas. Pero que papá no me llene la fiesta de marineros con uniforme. Si quieren venir que vengan de civil, son más atractivos sin uniforme.
-¡Ay, Fernanda! Si no te conociera hubiese dicho que no querías la fiesta. Tú verás que será hermosa. Yo quiero que tu padre pida el club de la Marina. ¿Qué te parece la idea?
-Me gusta, mamá. ¡Qué fiestón! Yo quiero estar presente para escoger los trajes. ¿De acuerdo?
- Da lo mismo. – dijo mamá- Tenemos unas revistas con unos modelitos preciosos. Cucuya te va a hacer uno con encaje francés tejido a mano que no lo verás hasta que no esté terminado, ¿verdad Cucuya?
-Es precioso y lleva adornos muy originales, pero no te cuento más. El encaje me lo enseño a hacer La Abuela Cusa, que en paz descanse.
Llegaron a la casa y fueron al taller donde mamá tiene sus cosas de costura. Había trajes que ya estaban para entallar y poner los complementos.
-Ya veo que las dos me engañaban y han hecho la mitad de los trajes. Ese rojo me encanta. También quiero cambiar de peinado para cada traje. Habrá que avisarle a Rita para que venga a peinarme ese día.
Cucuya, escuchaba y de cuando en cuando soltaba una sonrisa. Ella no tuvo fiesta de quince ni se acuerda que hizo ese día. Ahora vivirá esta fiesta como si fuera para ella y se haría un vestido hermoso de color azul con adornos de lentejuelas plateadas y canutillos azul cielo. Los zapatos los había visto ya en el Ten Cents y eran de color azul muy claro y tenían hasta cartera.
-Francisquito me lo dejan a mí, lo vestiré con un smoking y un lacito a juego. Se verá muy interesante y a lo mejor encuentra novia…-Esto lo dijo con sarcasmo- ¿te gustaría tener una nuera, Cucuya?
-Mira, muchacha, mejor ni hables de eso que ese muchacho es un relambío y es capaz de decirle a cualquier muchacha de tus amigas que se case con él. –Se rieron todas y buscaron en el arcón de mi madre varias revistas con modelos de fiesta. Todas comenzaron a hablar sobre vestidos.
Cucuya volaba y volaba, su imaginación se detuvo en el altar con Francisquito tomado de las manos, vestido con un smoking y pajarita esperando a la futura nuera.
-Tengo que prepararme muy bien. Yo también entraré en sociedad. Seré la negra más linda de la fiesta.

Capítulo 29 del libro “La Abuela Cusa” de Guillermo Bernal
Pintor: Aconcha
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27 junio, 2011
Categorías: CULTURA . . Autor: El Lagarto Verde . Comentarios: Dejar un comentario