No sé si decirles que rían o lloren cuando lean lo que les voy a proponer. El 30 de mayo a una periodista llamada Leticia Martínez Hernández el dirigible y oficialista periódico Granma le publicó un trabajo que se llama “Había una vez una reunión…”
Mientras lo leía me venían a la cabeza tantas cosas que no pude tirar en un contenedor de basura porque no cabían.
Creo que desde que tengo uso de razón e iba creciendo en Cuba, no recuerdo un minuto que haya podido expresarme fuera de una reunión. Las del CDR, la de los Pioneros, La FEEM, La FEU, la juventud, las del trabajo, los sindicatos y otras que se inventaban para “analizar” democráticamente lo que debíamos hacer. Me llené los testículos de oír las mismas idioteces, los mismos discursos de Fidel y un sinfín de medidas “ejemplarizantes” para excluir compañeros o asediar a los que en alguna ocasión manifestaron una idea brillante que no gustó al secretario del Partido o al director de la emisora o al agente de la seguridad que “nos protegía” de las radiaciones enemigas.
“Ese tipo tiene familia en el extranjero, hay que reunirse para oír más criterios antes de desaparecerlo de la emisora o el periódico”. Esto lo viví muchas veces.
No miento, todos sabemos que era así. Los “llevaitrae” como Soledad Cruz, Arleen Rodríguez, Lázaro Barredo, Lagarde y tantísimos más demolían los que decían algo y el chivatazo llegaba a los oídos de Aldana, Raúl o los segurosos en dependencia de las posición en la cama que ocuparan ellas o cómo reptaran ellos.
Con este trabajo de la periodista Leticia se pretende dar una imagen abierta y publicitaria de lo que el régimen dice que va a hacer. Nadie se lo cree o por lo menos yo lo siento, pero el plumero ha levantado tanto polvo que si lo hubiera escrito Yoani Sánchez dirían que es una esbirra contrarrevolucionaria pagada por el imperialismo. Esta vez Leticia ha sido pagada (seguro que muy poco, porque los periodistas en Cuba ganan una mierda) para decir lo que en muchos años hemos dicho, hemos clamado y exigido. Con la diferencia que ahora lo dice en Granma y lo que diga Granma va a misa y hasta lo repite el Monseñor Ortega en las homilías dominicales.
No sé qué creer, pero tampoco me da mucha fe. Si de algo se ha caracterizado Cuba y su gobierno comunista es que hoy dicen digo y mañana diego y Leticia no tiene nombre como para respaldar con su profesión las cosas que ha dicho. No estoy en contra de esa periodista ni la conozco; pero sí conozco a Granma y a su equipo de dirección y a los que aprueban lo que se va a decir.
Sin ningún temor a dar publicidad a lo publicado le muestro textualmente lo aparecido y juzguen ustedes si hay razones o no para sentir olor a huevo culeco.
Había una vez una reunión…
Por LETICIA MARTÍNEZ HERNÁNDEZ
Publicado en Granma el 30 de mayo 2011
¿Dónde estaba el directivo de Ferrocarriles cuando aquel tren se convirtió, no por arte de magia, en sede del caos; dónde estaba el jefe .de la sala hospitalaria invadida por revendedores; dónde estaban los regentes de la obra constructiva que se eternizaba mientras los materiales tomaban enrevesados caminos? “Seguro que en sus oficinas, arreglando el mundo”, diría aquella señora desinhibida, la misma que, periódico en mano y tras leer sobre cierta congregación de funcionarios, volviera a soltar: “Lo más probable es que esta gente se la pase reunida”.
Y sí, en este archipiélago demasiada gente salta de reunión en reunión, a puertas cerradas y con prohibición de interrumpir, mientras la vida afuera desanda trillos que pocas veces se cruzan con los designios de tantísimas tertulias eternizadas.
Le llaman el “reunionismo”, y no es difícil encontrar a quienes, agobiados por tantas citaciones, han sacado la cuenta del tiempo que gastan entre cuatro paredes, diez acuerdos no cumplidos, cinco más para el próximo mes, una merienda (en el mejor de los casos) y ningún provecho. Se convierten en el cuento de la buena pipa, en el círculo vicioso, en el hilo que nunca acaba… cada vez que alguien pretende enmendar con kilométricos “órdenes del día” lo que debiera estar regulado, pactado, santificado, en documentos rectores que casi siempre resbalan de sus manos al cajón de los papeles. Pareciera entonces que la reunión es el momento divino para pegar curitas al asunto, para poner en aprietos (casi siempre con guantes de seda) a los incumplidores, esos que en la próxima cita volverán a decir que les faltó previsión, que el problema se les escapó de las manos, que están trabajando en su solución: argumentos ideales para de nuevo convocar a otro cenáculo “salvador”.
No es una reunión, tampoco en una cuota de quince mensuales, donde se resolverán los problemas del país. La convocatoria es a trabajar, no a reunirse como un reflejo incondicionado. Cuántas veces ponemos pausa al contenido real de nuestro quehacer para zambullirnos en una que “sabrá Dios cuándo termine”. ¿Acaso no será más provechoso acabar de sembrar el orden, la disciplina, la vergüenza ante lo mal hecho, el sentido de pertenencia, el respeto por la jornada laboral, la exigencia contra todo lo mal hecho? A nadie le quedarán dudas de que esa sería la siembra más útil, también la más difícil, porque el marabú del mal ejemplo pincha también por estos escenarios.
Y si quisiéramos eternizar estas líneas, al estilo de cualquier reunión, entonces podríamos escribir de tipologías, ramificaciones, conceptos que definen cada cita. Las hay para implementar tareas, para chequear acuerdos, para pasar revista, para idear iniciativas, para convocar a trabajos voluntarios (muchas veces impuestos e improductivos), para regañar, para debatir las noticias del día… Están también las que se desatan en plena jornada laboral, esa que debiera ser sagrada, en primer lugar para los comunistas, como dijera Raúl en el Congreso. Y qué decir de aquellas donde vamos sólo a levantar la mano porque lo que se discute nos es tan ajeno como la vida en Marte.
No pongo en duda el hecho de que algunas de estas convocatorias son certeras, oportunas, productivas…, pero desgraciadamente esa no es la generalidad. En estos días, cuando urge ahorrarlo todo, hasta el tiempo, sería aconsejable que quienes están habituados a “encerrarse” con tanta frecuencia, pasen más horas con los pies pegados al suelo, con el oído presto a escuchar, para que no sea una carta publicada en cualquier periódico el modo de enterarse de lo que no se dijo, o se escondió, en alguna reunión.
No olvidemos aquello que dijo Eduardo Galeano: El burócrata para cada solución tiene siempre un problema.
Se trata, en fin, de ser racionales; de reducir a lo imprescindible el número de reuniones, como opinaran muchos cubanos en la discusión de los Lineamientos; de proscribir el exceso de chequeos, las visitas “del nivel superior”… artimañas para controlar lo mal hecho que terminan sumándose a las arrancadas en falso, pues el problema es de raíz. Mientras sigamos desempolvando la palabra EXIGENCIA sólo cuando la visita sorpresa es anunciada (paradójicamente) o cuando llegaron todos los participantes a la reunión, entonces seguirá lloviendo sobre mojado. Y el título de este comentario seguirá siendo el comienzo de un cuento de hadas. Claro está, de hadas siempre reunidas, pero sin varitas mágicas.
¿Lo creen o no lo creen? Sólo le faltó Amén y queda poco para que comiencen a usarla para confundirnos.
Fuentes: AFP, diario Granma, Noticias Google.




























































































