La casa estaba triste o por lo menos eso era lo que yo sentía. La costumbre indicaba que no se abrieran las ventanas y por tanto había una penumbra que sólo los velones daban un poco de brillo dorado. Las tradiciones son tradiciones. El olor a gardenias daban el toque fúnebre que no me gustaba nada y nos obligaba a caminar casi flotando para no hacer ruido. La misa se haría mañana. Siete días después de la ausencia del abuelo.
Cucuya nos obligaba a guardar silencio y a respetar la decisión de mi madre de no dejarnos pasar al salón. Mi casa siempre alegre y llena de flores de todos los colores había pasado a ser un sepulcro, con flores blancas y olores más cercanos a los muertos que a los vivos. Eso me impresionaba.
Al día siguiente fuimos a la misa del séptimo día. Nos acompañaban muchas personas y el sacerdote habló de mi abuelo como si lo conociera de toda la vida. Me preguntaba si eran amigos, porque abuelo Zoilo era ateo y no iba nunca a la iglesia. Hubo cánticos y hasta Cucuya se persignó. Al final todos vinieron hacia nosotros y nos fueron estrechando la mano o besaban a mi madre. Mi hermana y yo estábamos como asustados ante tanto protocolo.
Pasaron los días y las aguas volvieron a su nivel. La claridad entraba por las ventanas y poco a poco fueron llegando las flores de muchos colores. Cucuya pidió permiso a mamá para poner una jarra con tres girasoles. Y echaba en el agua para limpiar una colonia muy fresca y olorosa que se disfrutaba mucho cuando lavaba los pisos. Era muy raro, pero sentíamos una paz y tranquilidad en la casa que nos hacía sentir muy bien…
El año escolar marchaba muy rápido y pronto nos adaptamos a que Cucuya nos llevara al colegio. Ella y yo nos identificábamos muy bien, sin embargo, mi hermana hacía cierto rechazo porque se burlaban de ella en la escuela de monjas porque una negra la traía y la recogía todos los días.
Cucuya por el camino nos contaba historias maravillosas llenas de sabiduría popular o de su propia vida como descendiente de esclavos.
Una mañana nos dijo que nos iba a hablar de unos seres muy raros que eran muy feos y enamora´os llamados Güijes…
-¿Ruijes?- dijo mi hermana.
-No, dije Güijes…Güi-jes- rectificó a mi hermana, Cucuya
-¿Y eran muy feos?- Volvió a preguntar
-Sí, muy feos y traviesos. Mi Tata me contó que los vio una vez en el monte. Eran seres pequeñitos de color negro y pelo largo. Tenían rasgos muy grotescos con ojos saltones y muy expresivos y corrían mucho entre los árboles. Casi siempre estaban desnudos o se hacían cobijas con bejucos. Los habitantes le daban cierto carácter místico porque si se acercaban a una mujer se enamoraban enseguida… y la asustaban.- Concluyó Cucuya.
Yo me cagaba de la risa al ver la cara de mi hermana Fernanda y la expresión dramática de Cucuya.
-¡Ah!, ya llegamos…-dijo mi hermana- Cucuya dime que mañana sábado me lo contarás todo o mejor dicho a los dos. ¡Anda, Cucuyita!
-Era un reptil con cara de ángel y la historia de Cucuya la atrapó. Cucuyita, ni Cucuyita… yo la conocí primero. Las mujeres desde pequeña tienen unas mañas… por un chisme son capaces de todo.
El desayuno fue el más esperado. Fernanda se lo tomó completo y sin chistar. Cucuya iba y venía con las tazas, los vasos, las tostadas, en fin, con todo lo que conlleva un desayuno de fin de semana.
Estábamos inquietos porque ella se daba “lija” para terminar la historia de los güijes. Mi hermana y yo nos sentamos en un extremo del comedor para esperar que Cucuya terminara de fregar. Ella miraba de reojo, halo un paño, se secó las manos y se volvió hacia nosotros.
-Muchachos, ¿seguimos?
-Dijimos que sí con la cabeza y Cucuya se sentó con una taza de café en las manos.
-Los güijes eran muy famosos entre la gente que vivía en el monte. Muchos decían que por las noches salían de los ríos, las charcas, se lanzaban de las ramas. Los negros también los llamaban “Chichiricú”.
-¿Chichiricú?- le pregunté.
-Sí, porque cuando los negros llegaron a Cuba ya había güijes y los negros que también tenían sus historias, pensaron que también venían de África. – Teorizó Cucuya.
-¿Bueno y qué hacen los güijes?- Fue brillante la pregunta de Fernanda.
-¡Ahhhhhhhhhhhhhh! Esos bichitos negros salían de noche para asustar a los viajeros. Se imaginan un ser feo con una pelambre larga y desnudos que se te aparezca en el camino ¿qué harías?- Dijo Cucuya con el cuerpo casi encima de nosotros…eh, eh –movía la cabeza y los ojos y nos asustaba cuando giraba los ojos como un trompo.
Mi hermana estaba casi al llorar. La actuación de la negra había sido genial. Soltamos una carcajada y Fernanda se puso a llorar.
-Vamos, mi nenita, sólo es una historia de los negros. Pero no es real, los negros inventaban historias para divertirse.
Me miró y me guiñó un ojo. Con el tiempo los güijes formaron parte de la música, la literatura, la pintura y el arte teatral de nuestra tierra…
Capítulo 12 del libro “La Abuela Cusa” de Guillermo Bernal

















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