El día amaneció nublado. Yo me encargué de decir en voz alta que iba a caer un aguacero de aquellos que duran muchas horas, que el agua de lluvia resfriaba y cuántas tonterías se me ocurrieron. Mi hermana fingía que tosía mucho y decía que tenía frío. Mamá parecía no oírnos y abuelo sentado a la mesa tomaba café con cara de no haber dormido toda la noche.
Yo reaccioné como un tonto y grité: Alguien nos escucha
-Basta ya de idioteces, los dos van a ir a la escuela aunque estén moribundos.
Tomamos la leche y comimos pan con mantequilla. Nos lavamos los dientes y en unos minutos los dos estábamos listos para salir.
Todo fue en silencio. En la casa no se escuchaba nada, pero faltaba abuela. Miré a mi abuelo y le pregunté por la abuela. Él nos mimaba mucho, por eso me extrañó que respondiera fríamente que abuela estaba acostada en el cuarto porque estaba cansada.
Como vimos que no íbamos a sacar más información, nos preparamos para salir hacía la escuela. Abuelo nos pasó la mano por la cabeza y nos dio un beso.
Mamá nos tomó a cada uno de la mano y salimos a la calle. Primero llevamos a mi hermana y luego me dejó a mí.
Por el camino mi hermana hablaba boberías de las muñecas y otras cosas de las chicas de su escuela. ¡Coño, no se callaba! Mamá hacía que oía, yo no soportaba la cháchara y varias veces le dije que no hablara tanto. Era una cotorra de la mañana a la noche.
Como fui el último, le pregunté a mamá que si la abuela estaba enferma. Ella huyó de mis ojos y dijo en voz baja. Sí, la abuela está malita. Ahora vamos a llevarla al hospital. Pero no se lo digas a tu hermana. ¡Por favor! Ya estás grande y debes cooperar. Ve rápido cuando salgas y si no hemos llegado, le das la merienda a tu hermana.
Le decía que sí con la cabeza como si fuera un tentempié. Me dio un beso y repitió automáticamente lo de todos los días: “pórtate bien, no quiero quejas”. Se dio la vuelta y se marchó.
Yo estuve todo el día pensando en la abuela. ¿Qué le pasaba? ¿Sería la gripe? Recordaba las palabras de Cucuya de que cuando nos ponemos viejos preparamos el camino para encontrarnos con dios… me negaba a que abuela fuera a encontrarse con dios ahora y nos dejara. En fin, un remolino de dudas y preguntas me daban vuelta en la cabeza. Un cocotazo del cura me trajo de nuevo a la tierra.
Tenía miedo de llegar a la casa. A la salida del colegio, Cucuya me esperaba. Nunca lo había hecho, así que me sorprendió mucho. Ella, al verme, levantó su mano y me dijo tu mamá me pidió que te llevara.
-¿Por qué?, siempre viro solo. ¿Pasó algo en la casa?
-No pasó nada, sólo me pidió que te acompañara hasta la casa, porque ellos están en la clínica con Bebé (así le decían a mi abuela). Tu abuelita estará unos días ingresada, no está del todo bien y es mejor que los médicos la cuiden.
Miré a Cucuya porque el discurso era muy formal y así no hablaba ella.
-Dime la verdad, Cucuya.
-¿Qué verdad, muchacho? Te juro que no te miento.
-Cucuya, abuela se está preparando para verse con dios… ¿verdad?
-Mi´jo, creo que sí. Pero hay que tener esperanzas y a lo mejor demora mucho en dar el viaje.
Caminamos loma arriba hasta pasar por la casa de Cucuya. ¿Quieres comer algo?- me dijo.
-Debo darle de merendar a mi hermana.-respondí
-No te preocupes por tu hermanita que está en la casa de tu tía Alexina.
Realmente no entendía nada y me daba cuenta que iba a ocurrir algo muy serio.
No quise quedarme en la casa de Cucuya y le dije que me iba. Ella no se opuso y sólo me dijo que no molestara con mis preguntas.
-Mi papá estaba en la puerta dispuesto a salir hacia la clínica. Le pedí que me llevara y para mi sorpresa me respondió que me subiera al auto.
Llegamos a la clínica del Sagrado Corazón y entramos directamente al piso donde estaba abuela. Mamá estaba sentada en una esquina y algunas visitas rodeaban la cama. Abuela estaba muy coqueta con su pijama rosado, pero su barriga estaba muy crecida.
Entramos y ella me regaló una de sus sonrisas mimosas y con la mano me haló hacia la cama. Me senté en la esquina y comencé a acariciarle el pelo blanco.
Poco a poco se fueron las visitas y quedamos mis padres y yo. Abuelo estaba en casa. Papá y Mamá salieron a conversar al balcón de la habitación y quedé solo con abuela.
Ella me miró y con cara de cuenta historia me dijo.
-¿Viste a Cucuya hoy?
-Sí, me fue a buscar al colegio
-Es una buena chica. Sabes que yo nací en Francia, en Toulouse. Allí conocí a un hombre muy educado, militar de carrera y me enamoré. Nos casamos y yo estaba muy bonita, adornada con flores y mi mamá hizo un pastel de boda enorme. Aún lo recuerdo -me pidió que le acomodara la almohada y siguió la historia- Al poco tiempo a Gilbert, que así se llamaba mi marido, lo nombran Gobernador de una isla en el Caribe, esa isla se llama Martinique o Martinica.
Respiró como si viajara o caminara por la playa. Éramos felices y allí nació tu tía Renee. Yo aprendí a cocinar y a utilizar todas las especias de la isla. Una esclava me enseñó a darle un toque de condimento a las carnes y a los postres. En fin. Yo vivía de espalda a lo que realmente sucedía.
Una tarde comenzó a arder un cañaveral cercano a la casa y muchos esclavos venían con sus aperos de labranza como si fueran armas. Mi marido me dijo que tomara lo necesario y que partíamos de inmediato al puerto.
No dio tiempo. Llegaron los jefes de la rebelión y nos llevaron en una calesa hasta la playa. Allí nos metieron en un bote sin agua ni comida. Mi marido quiso quejarse y lo mataron a palos. La niña y yo subimos al bote y una de la esclavas me dio una botija con agua y envueltas en un paño, unas mazorcas de maíz y boniato hervido. Se lo agradecí con los ojos y comencé a remar.
Estuve unas horas o no sé cuánto tiempo y vi de lejos las antorchas de la isla. Estaba aterrada y la niña se había quedado dormida después de estar llorando un buen tiempo.
El mar estaba muy sereno y no hacía frío. Me quedé dormida junto a Renee y me despertó la sirena de un barco que trataba de saber si estábamos vivas. Le hice señas con un pañuelo y nos recogieron. En ese barco llegué a Santiago de Cuba…y conocí a tu abuelo.
Yo estaba boquiabierto, esa si era una aventura. Abuela sonreía porque sabía que esas historias me enamoraban y ampliaban mi horizonte como futuro escritor.
Me la comí a besos y en eso entró mamá y me dijo- Deja un poco para los demás, la abuela debe estar cansada. Ella se adelantó y dijo un no tan simpático que nos reímos todos.
Papá me pidió que saludara a la abuela y a mamá porque era la hora de regresar a casa.
Besé a mamá y me acerqué a la abuela y en el oído le dije: gracias abuela, que historia tan triste e interesante me has contado… se la puedo contar a Cucuya.
-Sí mi angelito, dale mis saludos y dile que me perdone si a veces la he valorado mal. – me tomó por los cachetes y me dio un besote que todavía lo siento en mi cara.
Vengo mañana, abuela, espérame- le dije mientras me iba.
Ella levantó la mano y me saludó moviendo los dedos. Yo estaba feliz, mi abuela era muy valiente.
Capítulo noveno del libro La Abuela Cusa, de Guillermo Bernal
5 comentarios
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Oye esto me esta gustando cada vez mas. un abrazo
Guillermo es una historia preciosa. ¿Ya publicaste el libro?
Cuentamé.
Besitos
El libro no está publicado , será para mediados de este año. Gracias por darme tu apoyo. Besos
Mantenme informada de su publicación, presentanción y todo lo demás.
Besitos
Te mantendré al tanto. Besos.