Como todos los lunes, mi madre se levantó temprano, preparó el desayuno y nos tiró de la cama a empujones dando voces de que llegaríamos tarde y si a ella le daban una queja, iba a arder Troya…. ¡Qué exagerada era! Ni ardía Troya y mucho menos llegábamos tarde. Ese alarde de mi vieja era como una canción que comenzaba a las 7 de la mañana y la escuchábamos un buen rato. Total, entrábamos al colegio a las 8:30.
Yo me tiré rápido de la cama, no se me quitaba de la cabeza todo lo que había vivido el día anterior y las miles de preguntas que tenía que hacerle a Cucuya para poder entender muchas de esas cosas. Me vestí y fui directo a desayunarme. Mi madre era como una mosca…. ¿Te lavaste los dientes? ¿Dejaste ordenada la cama? ¿Recogiste los libros que tienes que llevar? Yo no respondía, sólo me limitaba a mover la cabeza y a soplar la taza de leche que echaba más humo que un volcán. Eso la ponía histérica “¿Es que nadie me oye?
- Sí, te oímos, decíamos a coro mi hermana y yo.
Se calmaba, soltaba un bueno en señal de poder y nos dejaba terminar en paz.
Mi hermana era la que más tardaba porque le echaba la leche al gato y me amenazaba que si lo contaba, le diría a mi abuela Bertha que el que le robaba el chocolate era yo.
A mi abuela Bertha le decíamos abuela Bebé porque su apellido comenzaba con B, Ella era una mujer fuerte, alta, de ojos tan claros como el agua de mar y con un acento raro porque había nacido en Francia. Eso nos daba risa, porque a veces cuando se enojaba decía cada disparate. Era toda una maestra dulcera. En el barrio donde vivía no había un matrimonio que no le encargara su torta nupcial. Tenía un sello particular para crear y adornar las tortas y eso llamaba mucho la atención. Cuando iba a decorar una nos avisaba con tiempo y mi madre nos llevaba a su casa. Ella nos ponía dos sillas cómodas y comenzaba el ritual. Nos daba los cucuruchos cargados de un merengue blanco como el coco y algún que otro pedacito de la masa que sobraba de los bordes.
Ante nuestra vista surgía un maravilloso pastel con cisnes, flores, cintas de satén blanco, perlitas de caramelo, en fin, una obra de arte que daba más deseos de guardarlo que de comerlo. Mientras hacía su trabajo conversaba con nosotros de sus viajes por las islas del Caribe, de su familia, de cómo aprendió a cocinar y narraba historias de esclavos que conoció siendo aún muy pequeña.
Mi abuelo, la miraba por encima de sus gafas y seguía leyendo. Era un hombre muy culto, lo sabía todo o por lo menos eso creía yo. Él me metió en el mundo del libro y de los cuentos infantiles pasé a leer historias apasionantes. Nos veíamos mucho, casi todos los días iba a recogernos a la escuela y me preguntaba sobre los avances de la lectura.
Lo esperé ese lunes para que me contara si él tenía su vasija de barro para romperla el día de su muerte. “¿Qué dices? – Me dijo asombrado- Yo no tengo nada de eso. ¿Quién te ha dicho que se rompe una vasija en los funerales?”
-Lo hicieron ayer cuando sacaron a la Abuela Cusa.
Trató de desviar la conversación, titubeó un poco y me dijo:” eso es cosa de esa religión” Nosotros somos católicos y tenemos otras costumbres. Mejor, deja eso y busca otro asunto, que si tu padre se entera… no quiero ni pensarlo.”
Llegamos a la casa, me cambié y salí a buscar a Cucuya. Fue fácil encontrarla. Estaba en la casa de la Abuela Cusa ordenándolo todo. Al verme hizo un gesto con la boca como de resignación…”Pasa – me gritó mientras movía la mano- ¿Ahora qué quieres?
Respiré como cogiendo fuerzas y comencé a hablar.
-La Abuela Cusa me contaba cosas de su vida, de sus costumbres, de su religión y ahora que no está – volví a tomar aire- quiero que seas tú la que me enseñes un poco este mundo.
Cucuya me miró, con esos ojazos negros y respondió: “Yo soy una negra analfabeta, ¿qué puedo enseñarte yo? “. Soltó una carcajada con toda la boca abierta y murmuró: “vaya lío”.
-No será difícil, yo te pregunto y tu me respondes lo que sabes…además lo que quiero saber lo conoces desde que eras pequeña… Por ejemplo ¿Por qué le hicieron un ritual a la abuela donde no podía entrar nadie?
“Mira, mi´jo, tú sabes que los negros somos o de África o descendientes de africanos. Mi abuela era esclava, de Nigeria y mi madre nació mientras la abuela trabajaba cortando caña en el campo. Mi abuelo era un negro fuerte y lo obligaban a mantener encendidas las calderas del ingenio azucarero y pobre de él si se apagaban. Eso me lo contaba mi madre, pero es muy triste recordarlo.
“Siempre nos han tratado como si existiera la esclavitud a pesar de las leyes. Pero a todo nos acostumbramos…por eso mantenemos viva nuestras tradiciones y religión, eso nos hace fuertes.
“En nuestra religión, a las personas que mueren le hacemos una ceremonia para despedirlos y puedan entrar al mundo de nuestros antepasados sin nada que enturbie su paso por la tierra y puedan guiarnos desde allí. Eso se llama ITUTU. Es una ceremonia de alabanzas a los antepasados para que reciban al nuevo espíritu, ¿Entiendes? Para terminar esta ceremonia se rompen las vasijas del fallecido cuando se lo llevan al cementerio y a los nueve días se hace una misa espiritual para preguntar si todo se hizo de acuerdo con su gusto.”
Me dejó mudo. Cucuya seguía en sus quehaceres y al ver que yo no hablaba, me miró a los ojos como buscando una reacción, al fin me decidí a decir algo: – Siento mucho lo de tus abuelos y demás familiares. ¡Qué horrible debe haber sido para ellos!-
Sentía vergüenza ajena, bajé la cabeza y di media vuelta para irme. La negra al verme tan serio me tomó por la mano y me dijo: “Ha pasado mucho tiempo, hemos sobrevivido a muchas injusticias; pero una sola golondrina no compone verano… lo importante es cuando crezcas nos mire de igual a igual sin avergonzarte de tener un amigo negro… Y ahora vete para la casa, que tu madre se va a preocupar por tu tardanza. Cucuya tenía en los ojos un intenso brillo. Estaba llorando en silencio.
Esa noche dormí pensando en todo lo que había conocido en boca de Cucuya. Nadie me lo había dicho. En mi escuela los negros no existían como seres humanos y como era natural la historia que nos contaban es mejor ni repetirla. Mi yo y mi ego entraban en contradicción constantemente. En la escuela debía decir todo lo contrario al hecho real, me sentía un cobarde al no tener la fuerza suficiente para gritarle al cura que nos impartía la clase que era un mentiroso.
¿Qué podía hacer? Ellos tenían el poder y la fuerza y mi padre un cinturón listo para usarse… mejor seguía fingiendo que lo que me enseñaban era lo correcto.
Tercer capítulo del Libro La Abuela Cusa de Guillermo Bernal
Ilustración de Cucuya: Ana Velasco
























































































